El océano Atlántico es el segundo océano más grande del planeta, solo superado por el Pacífico. Tiene una superficie total de unos 106.400.000 kilómetros cuadrados (41.100.000 millas cuadradas), por lo que cubre aproximadamente el 20% de la superficie de la Tierra. Su nombre procede del dios Atlas de la mitología griega, y suele interpretarse como “mar de Atlas”.
Este océano se extiende entre América, Europa y África, y comunica el océano Ártico con el Antártico. El ecuador lo divide en Atlántico Norte y Atlántico Sur, dos grandes cuencas con características propias, aunque ambas forman parte de un mismo sistema oceánico.
El Atlántico presenta una gran diversidad de paisajes submarinos: dorsales oceánicas, llanuras abisales, fosas y plataformas continentales. La dorsal mesoatlántica, que recorre gran parte de su fondo, es una de sus estructuras geológicas más importantes, ya que está relacionada con la expansión del fondo oceánico y con la actividad tectónica.
Sus aguas tienen una salinidad relativamente alta en comparación con otros océanos, y en ellas circulan corrientes muy influyentes en el clima mundial. Entre las más conocidas están la Corriente del Golfo, la Corriente del Labrador, la Corriente de Canarias y la Corriente de Benguela. Estas corrientes ayudan a redistribuir el calor y a regular las temperaturas de muchas regiones costeras.
El océano Atlántico también es fundamental para la navegación, el comercio internacional y la pesca. A lo largo de su historia ha servido como ruta de exploración, intercambio cultural y transporte entre continentes. Además, sus costas albergan importantes ecosistemas marinos, puertos estratégicos y numerosas islas y archipiélagos, como las Azores, las Canarias, Islandia, Groenlandia y las Antillas.
Por su tamaño, su papel climático y su valor económico, el Atlántico es uno de los océanos más estudiados y relevantes del mundo. Su influencia se extiende desde la geografía y la meteorología hasta la economía y la biodiversidad marina.

