La Prehistoria (o prehistoria) es la etapa más antigua de la humanidad, anterior a la aparición de la escritura. Su nombre procede del griego antiguo προ (pre, “antes”) e ιστορία (historia, “historia”). El término fue empleado por primera vez en francesa como Préhistorique por Paul Tournal, quien estudió hallazgos en cuevas de Francia con objetos fabricados por seres humanos de más de diez mil años de antigüedad. Más tarde, Daniel Wilson lo utilizó en inglés en 1851, y desde entonces se ha consolidado en el lenguaje académico para referirse al tiempo anterior a los registros escritos.
En sentido amplio, la prehistoria abarca desde la aparición de los primeros seres humanos y sus antepasados hasta el momento en que distintas sociedades comenzaron a dejar testimonios escritos. No obstante, su duración no es igual en todo el mundo: cada región terminó su prehistoria en fechas diferentes, según el desarrollo de la escritura y la conservación de los documentos. Por eso, aunque suele relacionarse sobre todo con el periodo entre el 12.000 y el 3.000 a.C., especialmente el Neolítico, también puede emplearse para épocas mucho más antiguas, aunque en esos casos los especialistas prefieren nombres más precisos, como Paleolítico o Edad de los Metales.
Cómo se conoce la Prehistoria
Como no existen textos escritos de esa etapa, el estudio de la prehistoria depende de la arqueología y de otras disciplinas científicas. Los investigadores analizan herramientas, huesos, restos de viviendas, enterramientos, objetos rituales y dibujos rupestres para reconstruir cómo vivían las personas, qué comían, cómo se organizaban y qué conocimientos tenían. Gracias a estos hallazgos, es posible conocer aspectos de la vida cotidiana que no quedaron registrados en palabras.
También se recurre a otras ciencias como la paleontología, la astronomía, la biología, la geología y la antropología. La geología ayuda a fechar sedimentos y estratos, la biología y la paleontología permiten comprender la evolución de los seres vivos, y la antropología estudia el comportamiento humano y sus formas de organización. Todo ello permite reconstruir una etapa muy extensa, pero de la que solo conservamos huellas materiales.
Vida en la Prehistoria
En la prehistoria más antigua, durante la Edad de Piedra, las personas vivían en tribus pequeñas, se desplazaban con frecuencia y se refugiaban en cuevas o en tiendas hechas con pieles de animales y materiales vegetales. Sus herramientas eran simples y estaban elaboradas con madera, hueso y de piedra. Entre ellas destacaba el sílex, una piedra dura que se utilizaba para cortar, raspar y fabricar puntas de lanza o de flecha.
La vida diaria estaba estrechamente ligada a la supervivencia. Las personas cazaban, recolectaban frutos, raíces y semillas, y más adelante comenzaron a practicar la agricultura y la ganadería. El dominio del fuego fue uno de los grandes avances de este periodo, ya que permitió cocinar los alimentos, calentarse, ahuyentar animales y prolongar las actividades durante la noche. Además, confeccionaban ropa con pieles de animales y, con el paso del tiempo, con tejidos, lo que hizo posible una mejor adaptación a distintos climas.
La sociedad prehistórica fue cambiando poco a poco. Cuando algunas personas comenzaron a especializarse en tareas concretas, apareció la división del trabajo. Esto significó que unos se dedicaban a cazar, otros a fabricar herramientas, otros a cuidar del grupo o a cultivar la tierra. Esa especialización hizo que las comunidades dependieran más unas de otras y favoreció el surgimiento de asentamientos más estables y de civilizaciones cada vez más complejas.
Del dibujo a la escritura
La transición entre prehistoria e historia se produjo cuando los seres humanos empezaron a registrar información de forma duradera. Primero aparecieron los símbolos y señales simples, como los pictogramas, y más tarde sistemas de escritura cada vez más elaborados. Con ello fue posible conservar leyes, relatos, cuentas comerciales, nombres de gobernantes y acontecimientos importantes.
Gracias a esos registros conocemos mejor a los reyes y a otros dirigentes, las guerras, las inundaciones, las campañas militares, los impuestos y también aspectos de la vida cotidiana. Sin embargo, el paso de la prehistoria a la historia no ocurrió al mismo tiempo en todas partes. En regiones como Mesopotamia, China y el Antiguo Egipto, la escritura apareció muy temprano; en el Antiguo Egipto, por ejemplo, ya existían registros alrededor del 3200 a.C. En cambio, en otras zonas el final de la prehistoria llegó mucho más tarde, como en Nueva Guinea, el fin de la prehistoria llegó mucho más tarde, alrededor de 1900.
Por eso, la prehistoria no es una fecha fija ni universal, sino una etapa que depende del desarrollo cultural de cada pueblo. Su estudio permite comprender los orígenes de la humanidad, la evolución de sus técnicas, el nacimiento de la organización social y los primeros pasos hacia las grandes civilizaciones de la Antigüedad.