Mary Anning (21 de mayo de 1799 - 9 de marzo de 1847) fue una coleccionista de fósiles, comerciante y paleontóloga británica de principios del siglo XIX. Se ganaba la vida buscando y preparando fósiles en los ricos estratos marinos del Jurásico en Lyme Regis, Dorset, donde vivía. Hizo muchos hallazgos importantes. Entre ellos, el primer esqueleto de ictiosaurio correctamente identificado (Temnodontosaurus platyodon); los dos primeros esqueletos de plesiosaurio jamás encontrados (Plesiosaurus dolichodeirus); el primer esqueleto de pterosaurio encontrado fuera de Alemania (Dimorphodon macronyx); y algunos fósiles de peces importantes.
Vida temprana y aprendizaje
Nacida en una familia pobre de la comunidad disidente de Lyme Regis, Mary fue la segunda de varios hermanos. Su padre, que trabajó como carpintero y fue aficionado a la recolección de fósiles, enseñó a Mary a reconocer y preparar restos fosilizados. Tras la muerte de su padre cuando Mary era una niña, la familia dependió cada vez más de la venta de fósiles como fuente de ingresos. Desde muy joven Mary adquirió destreza en la extracción y conservación de los huesos y en la preparación para su venta a coleccionistas y científicos.
Principales descubrimientos y contribuciones científicas
Además de los hallazgos ya mencionados, la observación y el trabajo de Mary permitieron avances concretos en la interpretación de restos fósiles:
- Demostró que los belemnites podían conservar sacos de tinta fosilizados, lo que aportó evidencia sobre la anatomía y el comportamiento de estos cefalópodos antiguos.
- Ayudó a identificar que los coprolitos (en aquel tiempo llamados piedras bezoar) eran en realidad heces fosilizadas, lo que abrió la puerta al estudio de la dieta y ecología de animales antiguos.
- Sus especímenes sirvieron de base para reconstrucciones y debates científicos sobre la diversidad de la fauna marina del Jurásico; demostraron sin lugar a dudas que existieron formas de vida marinas hoy extinguidas.
Su habilidad para encontrar huesos raros y preparar esqueletos completos resultó esencial para que geólogos y paleontólogos construyeran interpretaciones más precisas de la historia de la vida. Por ejemplo, cuando el geólogo Henry De la Beche pintó Duria Antiquior lo hizo apoyándose en gran medida en los restos que Anning había descubierto; además, vendió grabados de esa pintura en beneficio de la propia Mary.
Relación con la comunidad científica y limitaciones sociales
El sexo y la clase social de Anning —sus padres eran disidentes religiosos pobres (protestantes no anglicanos)— le impidieron participar plenamente en la comunidad científica de la Inglaterra de principios del siglo XIX, dominada por caballeros adinerados anglicanos. Aunque los hombres con los que trabajó y para los que trabajó reconocieron en muchos casos la importancia de sus hallazgos, la práctica habitual fue que los nombres de los descubridores femeninos o de clase trabajadora no aparecieran en las publicaciones científicas como autores o descubridores.
Mary mantuvo correspondencia y colaboraciones con geólogos y naturalistas destacados de la época, que valoraban sus descubrimientos y sus conocimientos de campo, pero la exclusión institucional (por ejemplo, la imposibilidad de ser miembro de sociedades científicas) limitó su reconocimiento formal durante su vida.
Trabajo, comercio y dificultades económicas
Aunque llegó a ser muy conocida en los círculos geológicos de Gran Bretaña, Europa y América, y obtuvo sumas considerables por algunos de sus mejores hallazgos, Mary pasó apuros económicos durante gran parte de su vida. La venta de fósiles era su principal fuente de ingresos y dependía del mercado de coleccionistas privados y de museos en formación. En 1818 Anning llamó la atención de Thomas Birch, un rico coleccionista de fósiles, cuando le vendió un esqueleto de ictiosaurio. Un año más tarde, Birch se vio perturbado por la pobreza de la familia Anning, que estaba a punto de tener que vender sus muebles para llegar a fin de mes. Birch organizó la venta en subasta de su propia colección de fósiles, y los ingresos (unas 400 libras) se entregaron a los Anning. Además de proporcionar fondos muy necesarios, la subasta pública elevó el perfil de la familia Anning en la comunidad geológica.
Mary también sufrió pérdidas económicas: en 1835 perdió 300 libras (una suma enorme entonces) en inversiones desafortunadas. Para amortiguar su difícil situación, uno de sus amigos entre la comunidad científica, William Buckland, consiguió una pensión gubernamental de 25 libras anuales que le permitió subsistir con mayor tranquilidad en los últimos años.
Peligros del oficio y muerte
La búsqueda de fósiles en la costa jurásica exigía trabajar en acantilados inestables y exponer los restos a condiciones peligrosas: mareas cambiantes, desprendimientos de roca y temporal. Mary Anning sufrió numerosos episodios arriesgados durante sus jornadas de búsqueda. Falleció joven —a los 47 años— a causa de un cáncer de mama el 9 de marzo de 1847. Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de St Michael en Lyme Regis.
Legado y reconocimiento posterior
Tras su muerte, el reconocimiento de la importancia de Mary Anning ha crecido de forma constante. Hoy se le considera una figura clave en la historia de la paleontología por haber aportado especímenes fundamentales y observaciones precisas que ayudaron a cimentar ideas sobre extinción, la antigüedad de la Tierra y la diversidad pasada de la vida. Entre los aspectos de su legado destacan:
- Sus hallazgos y las piezas que vendió a colecciones públicas contribuyeron a las primeras exhibiciones y estudios en museos y universidades.
- Inspiración para generaciones posteriores de científicas y difusión de la paleontología entre el público general.
- Reconocimientos modernos: obras de divulgación, biografías, novelas y adaptaciones cinematográficas y teatrales que han revalorizado su figura; además, museos y exposiciones han dedicado espacios a su trabajo.
El caso de Mary Anning también se utiliza hoy como ejemplo de cómo factores sociales —género, clase y religión— influenciaron quién recibía crédito en la ciencia del siglo XIX, y subraya la importancia de reconocer las contribuciones de recolectores y preparadores de fósiles que, como ella, hicieron posible el avance del conocimiento.

