La obesidad es una enfermedad crónica caracterizada por una acumulación excesiva de grasa corporal que puede perjudicar la salud. No se trata solo de un problema estético o de “peso”, sino de una condición médica asociada con mayor riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, apnea del sueño y algunas alteraciones articulares y hormonales. También se relaciona con una menor calidad de vida y con complicaciones en distintos órganos y sistemas.

En términos generales, se considera una forma de sobrepeso cuando el peso corporal supera lo recomendable para la estatura y la composición corporal de una persona. Sin embargo, no todo aumento de peso implica obesidad, y por eso es importante valorar el contexto clínico, la distribución de la grasa y otros factores de riesgo. La obesidad se reconoce como una enfermedad multifactorial, ya que no depende de una sola causa. En muchos casos, también se ha descrito como una epidemia por su alta frecuencia en numerosos países.

Las causas de la obesidad suelen combinar varios elementos: alimentación con exceso de calorías, consumo elevado de bebidas azucaradas o productos ultraprocesados, sedentarismo, falta de sueño, estrés, factores genéticos, cambios hormonales, ciertos medicamentos y determinantes sociales como el acceso limitado a alimentos saludables. Por eso, su prevención y tratamiento requieren un enfoque integral que incluya hábitos de vida, apoyo profesional y seguimiento médico cuando sea necesario.

Para evaluar si una persona presenta exceso de peso se utiliza con frecuencia el índice de masa corporal (IMC), que se obtiene dividiendo el peso en kilogramos entre la estatura en metros al cuadrado. La fórmula es: IMC = peso / estatura². Este valor ofrece una estimación rápida y práctica del estado ponderal, aunque no mide directamente la grasa corporal. Por eso, el IMC debe interpretarse junto con otros datos clínicos.

El IMC se emplea principalmente en adultos que han alcanzado su talla definitiva y no debe aplicarse de la misma manera en los niños, ya que en ellos el crecimiento cambia según la edad y el sexo. En la población infantil y adolescente se usan percentiles o tablas de crecimiento específicas para valorar el peso de forma adecuada.

De forma orientativa, la clasificación del IMC en adultos suele ser la siguiente:

  • Menor de 18,5: bajo peso.
  • 18,5 a 24,9: peso normal.
  • 25 a 29,9: sobrepeso.
  • 30 o más: obesidad.
  • 35 o más: obesidad grave o severa.

En general, el IMC es una medida útil porque es sencilla, económica y permite comparar a grandes grupos de población. Aun así, tiene limitaciones importantes: una persona con mucha masa muscular puede tener un IMC alto sin tener exceso de grasa, mientras que alguien con poca musculatura pero con abundante grasa corporal puede tener un IMC aparentemente normal. También puede no reflejar bien la distribución de la grasa, que es un factor clave para la salud.

Por este motivo, los profesionales de la salud pueden complementar el IMC con otras medidas, como el perímetro de cintura, la relación cintura-cadera, análisis de composición corporal, antecedentes familiares, hábitos alimentarios, nivel de actividad física y presencia de enfermedades asociadas. La valoración completa permite entender mejor el riesgo real y elegir el tratamiento más adecuado para cada persona.

El abordaje de la obesidad suele incluir cambios sostenibles en la alimentación, aumento de la actividad física, mejora del sueño, reducción del tiempo sedentario y apoyo psicológico cuando sea necesario. En algunos casos, también pueden indicarse medicamentos o cirugía bariátrica, siempre bajo supervisión médica y según la situación clínica del paciente. Detectarla a tiempo y actuar de forma temprana mejora notablemente el pronóstico.