La guerra Irán-Iraq fue una guerra entre las fuerzas armadas de Irak e Irán que duró desde septiembre de 1980 hasta agosto de 1988. Durante varios años se llamó también la Guerra del Golfo Pérsico, denominación que después pasó a referirse sobre todo a la invasión de Kuwait por parte de Irak en 1990 y a la posterior Guerra del Golfo. La guerra entre Irak y Kuwait, con la intervención de Estados Unidos y una amplia coalición, marcó así un conflicto distinto pero frecuentemente confundido con el de 1980–1988.
Las causas del conflicto fueron múltiples y combinadas. Entre ellas destacan antiguas disputas territoriales —especialmente por el control del estuario del Shatt al-Arab— y tensiones étnicas y religiosas en la región. Una serie de precedentes históricos y políticos —desde la historia de la región hasta las disputas fronterizas modernas— alimentaron la desconfianza entre ambos Estados. El régimen de Saddam Hussein consideró que la revolución islámica en Irán podía desestabilizar a las poblaciones chiíes de Irak y vio una oportunidad para afirmar el control sobre territorios petroleros, especialmente la provincia de Khuzestan, donde residía una importante minoría árabe y se concentraba buena parte de la industria petrolera iraní.
La guerra comenzó con la invasión iraquí de Irán el 22 de septiembre de 1980. Las fuerzas iraquíes lograron avances iniciales y ocuparon parte de la provincia iraní de Khuzestan, pero pronto se encontraron con una resistencia férrea. Tras la reacción iraní se instaló un largo estancamiento: ofensivas sucesivas, una guerra de desgaste y una extensa guerra de trincheras marcaron gran parte del conflicto. A esto se sumaron bombardeos de ciudades, ataques a la navegación en el Golfo Pérsico y el empleo de tácticas de guerra de desgaste que causaron enormes pérdidas humanas y materiales. Las estimaciones del conflicto oscilaron ampliamente; muchas fuentes hablan de cientos de miles de soldados muertos y heridos —el texto original menciona cerca de un millón de soldados y un número similar de civiles—, y las cifras exactas siguen siendo objeto de debate.
Ambos bandos recurrieron a medidas de presión como el bloqueo del tráfico marítimo, lo que arrastró a otros países y empresas hacia el conflicto económico y diplomático. A pesar de las repetidas llamadas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para que cesaran los combates, los dos países lucharon hasta el 20 de agosto de 1988. Tras el alto el fuego se produjo un proceso de liberación y retorno de prisioneros: los últimos prisioneros de guerra fueron intercambiados muchos años después, en 2003.
Uso de armas y crímenes de guerra
El conflicto destacó por el uso de armas químicas por parte de Irak contra las tropas y la población civil iraní, así como contra comunidades kurdas en Iraq. El empleo de armas químicas —entre ellas agentes como gas mostaza y neurotóxicos— provocó masacres documentadas (por ejemplo, en Halabja, marzo de 1988) y recibió condena internacional. Irak también desarrolló programas de armas biológicas durante y después de la guerra; aunque existe evidencia firme del desarrollo de dichos programas, el uso a gran escala de armas biológicas en el campo de batalla es objeto de investigaciones y discusiones entre expertos y organismos internacionales.
El conflicto incluyó además el uso de misiles balísticos, bombardeos de ciudades (la llamada “guerra de las ciudades”), ataques a infraestructuras petroleras y oleoductos, y un frente naval en el que se atacaron petroleros y buques mercantes (la “tanker war”). Por su parte, Irán utilizó masivamente tropas voluntarias y semiorganizadas —como las fuerzas Basij— en ofensivas humanas de alto costo en vidas y con resultados tácticos limitados.
Intervención y apoyo internacional
La guerra se desarrolló en el marco más amplio de la Guerra Fría y de la rivalidad regional. Potencias globales y vecinos aportaron armas, financiación, ayuda logística y apoyo diplomático a uno u otro bando según intereses estratégicos. El pasado político moderno de Irán e Irak —incluyendo intervenciones externas— condicionó esas relaciones: en 1953 Estados Unidos apoyó un golpe contra Mohammad Mosaddegh, entonces primer ministro de Irán, lo que favoreció el retorno y el fortalecimiento de El sha Mohammad Reza Pahlavi, cuyo gobierno contó con el respaldo de sus militares y del gobierno prooccidental durante décadas. En Irak, el Partido Socialista Árabe Ba'ath había tomado el poder y, con la ayuda de la Unión Soviética y otros suministradores, consolidó un ejército moderno.
Durante la guerra, la Unión Soviética, Estados Unidos y varios países europeos y asiáticos suministraron armas o apoyos indirectos a Irak en distintos momentos. Al mismo tiempo, varios países árabes del Golfo aportaron respaldo económico a Bagdad, en parte por temor a la expansión de la revolución iraní. Antes del conflicto, Estados Unidos había vendido armas a Irán; durante la guerra la política exterior norteamericana cambió de prioridades en función de la contención del liderazgo revolucionario iraní liderado por el ayatolá Jomeini, lo que llevó a actuaciones diplomáticas y de inteligencia complejas y a veces contradictorias. En términos generales se considera que tanto la Unión Soviética como Estados Unidos tuvieron un papel relevante en la dinámica del conflicto al facilitar, en distintos grados, acceso a armamento y asistencia a Irak frente a Irán.
Consecuencias
- Humanas: enorme número de muertos y heridos, millones de desplazados, secuelas físicas y psicológicas duraderas y víctimas a largo plazo del uso de armas químicas.
- Políticas y estratégicas: la guerra cambió la política en Oriente Medio y en todo el mundo: aumentó la militarización regional, alteró balances de poder y dejó a Irak con deudas externas y tensiones que contribuirían a su decisión de invadir Kuwait en 1990.
- Economía y recursos: destrucción de infraestructuras petroleras, gasto militar masivo, caída de ingresos y problemas de reconstrucción que afectaron a ambos países durante décadas.
- Legales y normativas: el uso de armas químicas motivó condenas internacionales y subrayó la necesidad de reforzar normas y mecanismos de prohibición y verificación de armas de destrucción masiva.
- Sociales: polarización interna, represión política en ambos países, impacto en minorías (por ejemplo, la comunidad kurda) y generaciones enteras afectadas por la guerra.
En síntesis, la guerra Irán–Iraq (1980–1988) fue un conflicto largo y devastador cuyas causas combinaron reclamos territoriales, rivalidades internas y escenarios internacionales de la Guerra Fría. Su legado incluye grandes pérdidas humanas, el uso de armas prohibidas, profundas consecuencias regionales y un impacto duradero en la política y seguridad del Golfo Pérsico y del mundo.



