Alexandra Fiódorovna (en ruso: Императрица Александра Фёдоровна) (nacida como princesa Alix de Hesse y del Rin el 6 de junio de 1872 - 17 de julio de 1918) fue emperatriz consorte de Nicolás II, el último zar del Imperio ruso. Era nieta de la reina Victoria del Reino Unido. La Iglesia Ortodoxa Rusa la canonizó como Santa Alexandra en el año 2000.

Alexandra es más recordada como la última zarina de Rusia. También es una de las más famosas portadoras reales de la enfermedad de la hemofilia. Su amistad con el místico ruso Grigori Rasputin fue también una parte importante de su vida.

Biografía y familia

Nacida en Darmstadt, en el Gran Ducado de Hesse y del Rin, la princesa Alix llegó a Rusia tras su matrimonio con el entonces gran duque Nicolás en 1894. A raíz de su conversión a la Iglesia Ortodoxa Rusa adoptó el nombre de Alexandra Fiódorovna. Como emperatriz consorte desempeñó un papel tradicional de apoyo a su marido, pero su temperamento reservado, su profunda religiosidad y su origen alemán la hicieron impopular en ciertos círculos de la nobleza y entre amplios sectores de la población, especialmente durante la Primera Guerra Mundial.

Tuvieron cinco hijas y un hijo:

  • Olga (1895)
  • Tatiana (1897)
  • María (1899)
  • Anastasia (1901)
  • Alekséi (1904), el único hijo varón y heredero

La hemofilia y sus consecuencias

La hemofilia que afectó a Alekséi provino de la línea dinástica de la reina Victoria: Alexandra era portadora sana y transmitió el gen a su hijo. La enfermedad —probablemente hemofilia A— provocaba hemorragias internas potencialmente mortales y convirtió a la salud de Alekséi en una constante fuente de angustia para la familia imperial. La fragilidad del heredero aumentó la dependencia de Alexandra en curas, oraciones y remedios externos, y fue factor clave en que buscara ayuda fuera de los médicos oficiales.

Rasputin: influencia y controversia

La figura de Grigori Rasputin, un campesino místico siberiano, entró en la vida de la familia imperial cuando pareció calmar o mejorar el estado de Alekséi durante crisis hemorrágicas. La reina confió en Rasputin como consejero espiritual y curandero; su influencia sobre asuntos privados y, en ocasiones, decisiones de palacio encendió la ira y las sospechas de políticos, militares y nobles. Muchos contemporáneos acusaron a Rasputin de manipular a Alexandra y al zar, y de intervenir en nombramientos y ceses ministeriales, lo que contribuyó al desprestigio de la monarquía en momentos políticos críticos.

La presencia de Rasputin en la corte y los rumores sobre su comportamiento dieron pie a escándalos públicos. En diciembre de 1916 fue asesinado por un grupo de aristócratas encabezado por el príncipe Félix Yusúpov y el gran duque Dmitri, episodio que, sin embargo, no logró restaurar la autoridad imperial ni detener el colapso político que se avecinaba.

Guerra, revolución y muerte

La Primera Guerra Mundial y las derrotas militares, la crisis económica interna y la percepción de incompetencia o falta de patriotismo —en parte por los lazos familiares alemanes de Alexandra— aceleraron el descrédito del régimen. La incapacidad de Nicolás II para afrontar las reformas y la presión social desembocaron en la Revolución de Febrero de 1917, la abdicación del zar y la detención de la familia imperial.

Tras varios traslados bajo arresto, la familia fue finalmente ejecutada por los bolcheviques en la madrugada del 17 de julio de 1918 en la casa Ipátiev en Ekaterimburgo (hoy Yekaterinburg). Los cuerpos fueron enterrados furtivamente; años después se localizaron restos atribuidos a la familia imperial (1991 y hallazgos complementarios en 2007) y las pruebas de ADN confirmaron la identidad de los miembros.

Canonización y legado

En 2000 la Iglesia Ortodoxa Rusa reconoció a la familia del último zar como santos, un acto que fue recibido con sentimientos encontrados en la sociedad rusa y en el extranjero. El legado de Alexandra Fiódorovna es complejo: para algunos, una madre devota y mujer profundamente religiosa que sufrió por la enfermedad de su hijo; para otros, una figura que, por sus decisiones y vínculos, contribuyó a la desconfianza hacia la monarquía y al desenlace trágico de la dinastía Romanov.

Su historia sigue siendo objeto de estudio y de interés popular: la combinación de tragedia familiar, enfermedades hereditarias, misticismo y convulsión política ofrece una de las narrativas más dramáticas del final de la era imperial rusa.