En los ejércitos de la antigua Grecia se pensaba en ocasiones que los vínculos afectivos entre hombres podían fortalecer la disciplina, el valor y la cohesión del grupo. Sin embargo, conviene recordar que las sociedades griegas no entendían la sexualidad del mismo modo que hoy: más que una “orientación” en sentido moderno, muchas relaciones se organizaban según la edad, el estatus social y los roles cívicos. Aun así, varias fuentes antiguas y estudios posteriores han señalado que ciertos lazos homoeróticos fueron vistos como compatibles con el ideal militar, e incluso como un estímulo para combatir con mayor determinación.

El ejemplo más conocido es la Banda Sagrada de Tebas, una unidad de élite que, según la tradición, estaba compuesta por parejas de amantes masculinos. La idea era que ningún soldado quisiera mostrarse cobarde ante su compañero, lo que reforzaría la valentía individual y la solidaridad del conjunto. También se ha interpretado la tradición guerrera espartana a la luz de estas relaciones emocionales intensas: en Esparta, la formación militar desde la juventud y los fuertes lazos entre compañeros podían generar una lealtad especialmente profunda. Autores como Plutarco y Jenofonte recogieron episodios en los que el afecto entre hombres aparece asociado al heroísmo en combate, aunque estas lecturas deben entenderse dentro de su contexto cultural y no como una equivalencia directa con las categorías actuales.

En conjunto, la presencia de relaciones homoeróticas en el ámbito militar griego muestra que, en determinadas polis, el prestigio guerrero y el vínculo personal no se consideraban necesariamente opuestos. Para algunos griegos, la admiración, la amistad y el deseo podían convertirse en factores que impulsaban el honor, la valentía y la disposición a morir por la comunidad.