Matilde Marie Feliksovna Kschessinskaya (31 de agosto [O.S. 19 de agosto] de 1872–6 de diciembre de 1971), también conocida como Su Alteza Serenísima la Princesa Romanova-Krasinskaya desde 1921, fue una destacada bailarina rusa de origen polaco. En Occidente se la conoció como Mathilde Kschessinska o Matilda Kshesinskaya. Su larga vida abarcó el apogeo del ballet imperial ruso, la caída de la dinastía imperial y décadas de exilio en Europa occidental.

Nacida en una familia profundamente vinculada al mundo de la danza —su padre, Feliks Krzesiński, y su hermano también fueron bailarines en San Petersburgo—, Matilde se formó en la Escuela Imperial de Ballet y debutó en los teatros imperiales, donde pronto destacó por su técnica, musicalidad y carisma escénico. Llegó a alcanzar el rango más alto dentro de la jerarquía de la danza clásica: el de prima ballerina assoluta, distinción reservada a las intérpretes de extraordinaria habilidad y prestigio. Fue una figura central en el repertorio creado y sostenido por coreógrafos del nivel del ballet imperial, interpretando papeles principales que la consagraron ante el público y la crítica.

Kschessinskaya es también conocida por su relación con la familia imperial: fue amante del futuro zar Nicolás II de Rusia. La relación comenzó en 1890, cuando él era gran duque y ella tenía diecisiete años; lo conoció con su familia tras su actuación de graduación. Fueron amantes durante aproximadamente tres años, hasta la boda de Nicolás con la princesa Alix de Hesse-Darmstadt —la futura emperatriz Alexandra Fiódorovna- en 1894—, poco después de la muerte del zar Alejandro III. Este episodio marcó tanto la vida privada de Matilde como su relación con la corte: la prominencia de la bailarina en la corte imperial y los lujos que llegó a disfrutar generaron rumores y tensiones sociales dentro del círculo zarista.

Tras consolidarse como figura clave del ballet imperial, Matilde mantuvo una intensa actividad artística y social. Durante su carrera combinó la interpretación en escena con influencias sobre la vida teatral y cultural de la época; su fama le permitió acumular una considerable fortuna y propiedades. Con el hundimiento del régimen imperial en 1917 y el avance de la Revolución, como muchos miembros del entorno cortesano y artístico, se vio obligada a abandonar Rusia.

En el exilio se estableció en Europa occidental, donde continuó ligada al mundo de la danza: impartió clases, dirigió su propia escuela y ejerció como maestra y mentora de nuevas generaciones de bailarines. En 1921 adoptó el título por el que también sería conocida en adelante, y vivió la mayor parte de su vida fuera de Rusia, preservando recuerdos, documentación y objetos ligados al periodo del ballet imperial. Falleció en 1971, a la edad de 99 años, dejando un legado complejo: fue a la vez una intérprete de primer orden, una personalidad envuelta en escándalo y confidencias reales, y una transmisora de la técnica y las tradiciones del ballet clásico ruso.

Hoy se le recuerda por su contribución al desarrollo del ballet ruso en el cambio de siglo, por su formidable técnica y presencia escénica, y por el papel que, de forma controvertida, jugó en la vida social y política de la corte imperial. Su figura sigue siendo objeto de estudios sobre la relación entre arte, poder y sociedad en la Rusia finisecular.