Ana de Mowbray, baronesa de Mowbray (10 de diciembre de 1472 – 19 de noviembre de 1481) fue una heredera inglesa de la Baja Edad Media, hija de John Mowbray, cuarto duque de Norfolk, y de Elizabeth Talbot. Nació en 1472 en el castillo de Framlingham, en el condado de Suffolk, Inglaterra, y además ostentó el título de baronesa de Segrave.

Origen y herencia

Al morir su padre en 1476, Ana quedó como heredera de importantes rentas y propiedades de la familia Mowbray. Su condición de heredera suo jure (por derecho propio) convirtió su fortuna y sus títulos en un elemento de gran interés político y dinástico en la corte de Eduardo IV.

Matrimonio

El 15 de enero de 1478, con apenas cinco años, Ana fue casada con Ricardo de York en la Abadía de Westminster. Ricardo era hijo del rey Eduardo IV de Inglaterra y de Isabel Woodville. El matrimonio fue arreglado por razones políticas y patrimoniales: unir la fortuna de Ana con la casa real aseguraba el control de amplias propiedades. Tras el enlace Ana pasó a ser conocida en la corte como duquesa de York.

Muerte y primer enterramiento

Ana falleció en 1481, a los ocho años, en Greenwich, Londres. Fue depositada en un féretro de plomo en la capilla de San Erasmo de Formiae de la Abadía de Westminster. Hacia 1502 dicha capilla fue demolida para dejar espacio a la Capilla de la Dama construida por Enrique VII, y el ataúd de Ana quedó perdido en el contexto de esas obras.

Redescubrimiento en el siglo XX

En diciembre de 1964, obreros que trabajaban en un sitio de construcción en Stepney (Londres) hallaron un féretro de plomo que se identificó como el de Ana de Mowbray. Al abrirlo, los restos fueron examinados por especialistas forenses y osteólogos; en el interior se encontró un sudario textil y vestigios de pelo rojizo en el cráneo, rasgos coherentes con la descripción histórica de la joven. Tras el examen científico, los restos fueron trasladados y reinhumados en la Abadía de Westminster.

Consecuencias y memoria

La temprana muerte de Ana tuvo repercusiones sobre la sucesión de sus bienes y contribuyó a las disputas dinásticas de la época; su viudo, Ricardo de York, pasó después a formar parte de la conocida historia de los «Príncipes de la Torre». El hallazgo de su féretro en el siglo XX suscitó interés entre historiadores y arqueólogos por la información que aporta sobre prácticas funerarias y sobre la identificación de individuos medievales mediante métodos forenses modernos.

Muchos aspectos de la vida y la muerte de Ana siguen siendo objeto de estudio y, cuando la evidencia histórica es limitada, las interpretaciones se expresan con precaución. Su caso es un ejemplo claro de cómo la herencia y el matrimonio eran instrumentos centrales en la política aristocrática del siglo XV.